Boda serrana: una joya que se va perdiendo

Este fin de semana hemos estado de boda. Ya lo comentamos la semana pasada: estamos en época. Una boda como las que se organizan en muchas ciudades y pueblos todos los fines de semana: ceremonia, comida y baile. Con los detalles que no deben faltar: todos de etiqueta -los caballeros con chaleco a pesar de la fecha-, música en la iglesia, niños y arras, arroz a la salida, banquete con  las mesas protocolizadas, los novios en la mesa presidencial, los regalos para los invitados, el baile…
Sin embargo, una de las invitadas, sentada a mi mesa, no hacía más que repetir con mucho orgullo, que aquella era una boda castellana típica. Discrepo. Hace unos años, preparé un trabajo sobre las “Bodas Serranas”, y aquella a la que estábamos asistiendo no tenía de serrana más que el lugar donde se celebraba.

¿Tan distintas son las bodas serranas de las de ahora? No, ¡claro que no! También en aquellas había mozos y mozas que se echaban el ojo y buscaban la manera de estar juntos; que buscaban la fecha en función de su trabajo, que si ahora es de oficina, antes era en el campo y obligaba a esperar a que se cosechara. Y que iban a bailar, bien es cierto que no música disco, pero sí de dulzaina y tamboril.

Lo de los regalos y la lista de bodas no se estilaba, pero había ajustes de boda, que mientras no se cerraran, no permitían que se diera el siguiente paso y los amigos y familiares aportaban algunos reales para gastos. De bodas civiles no hablamos: en Castilla se celebraban sólo en la iglesia, pero, curiosamente, en algunos lugares, la ceremonia era en el atrio, reminiscencia de cuando el matrimonio era laico.

Vestido blanco y velo de tul no eran de rigor: se vestía de negro y de paño. Bordado, muy trabajado y contra el frío, pero tanto ellas como ellos preparaban sus trajes con esmero y cuidado: jubón y manteo con mantilla para ellas; calzón, chaleco corto y chaquetilla para él, ¡pero había otras muchas prendas más: calcetos, ligas, cintos, capas y tocados.

La comida no faltaba: además de la de boda, novios, amigos y familiares se reunían a cenar, desayunar, tomar unas rosquillas con aguardiente o un chocolate durante los tres días que duraban la fiesta. Y hasta la Tornaboda, cuando los novios dejaban el pueblo, si es que él era forastero, todo se ajustaba a una serie de costumbres ancestrales. Es una joya y una pena que se pierda.

Segoviana