Contra el caos, organización

Contra el caos, organización

El año pasado por estas fechas subimos al blog un post sobre la ordenación de auditorios. En “Ordenar el gallinero” os dijimos que protocolizar filas o espacios completos se puede hacer siguiendo diferentes formas que dependían del tipo de auditorio, de presidencias y de personas que la ocuparían. Hay muchas combinaciones posible y utilizar una u otra, es decisión a tomar sabiendo manejar la técnica. Suena muy profesional. Técnica es una palabra que identificamos con modernidad: parece que es un asunto reciente. Pero no. Se han ordenado espacios como forma de ganarle la mano al caos. Por ejemplo, ciudades.

Como no somos especialistas en urbanismo, hemos buscado otro ejemplo y escogido uno muy fiestero. Y poco reciente: ¡se trata de enseñar que ordenar no es cosa de hoy y que los espacios que ordenamos los protocoleros son espacios donde se celebran actos!

Los festejos de la Corte

Vamos a situarnos en el Madrid de los Austrias. Estamos a finales del siglo XVI y principios del XVII y las festividades que organiza la Corte se celebran en la Plaza del Real Alcázar de Madrid.

Allí se recibía a las delegaciones extranjeras, los cortejos procesionales, las entradas reales… Desde sus balcones y galerías se podían seguir  las ceremonias y celebraciones con comodidad y buena visión. De su gestión se ocupaba la Sala de Alcaldes de Casa y Corte. Montaban tablados, situaban asientos con respaldo -para las altas autoridades- y almohadas, engalanaban las galerías…. Todo regulado. El adorno de los tablados que allí se montaban estaba sujeto a normas:

[…] que ninguna persona […] sea osado de poner ni tenga en ningún tablado de los que están hechos en la Plaza de Palacio para ver las fiestas de los toros, ninguna silla, ni almohada que se vea de fuera, ni ninguna gotera de las que se suelen colgar de doseles, so pena de 2 años de destierro de esta Corte y 5 leguas y perdimiento de lo que pusieren para la Cámara de Su Majestad y denunciador por mitad; y se permite que puedan aderezar los tablado poniendo en ellos ciclos de cualquier cosa que quisieren sus dueños como no cuelguen las goteras; y que los antepechos de los tablados y los pilares se puedan cubrir y guarnecer de guadamecíes, alfombras y cualquier género de tafetanes.

Cambio de escenario

Con la decisión de Felipe II de trasladar la capital a Madrid, se inicia también el acondicionamiento de la ciudad a las necesidades de la Corte. Parece propio, pues, crear un espacio digno y con la solemnidad suficiente para  ser escenario de los acontecimientos comerciales, culturales y políticos capital de la monarquía. El rey escoge para estos fines la Plaza Mayor, aunque ello exigiese una reforma que incluiría derribos, y expropiaciones de casas y de solares. Los primeros bocetos son del arquitecto Juan de Herrera. Pero el rey no llegaría a ver la plaza terminada: continuó en el mismo estado -que apenas podía llamarse plaza- hasta que su hijo Felipe III le sucede en el trono. En la Plaza que quería remodelar había sido proclamado rey. En 1608 se encarga al arquitecto Francisco de Mora que “cuadre la plaza”, trabajo que asume después su sobrino Juan de Mora que es quien le da la forma rectangular y las medidas 152 metros de largo por 94 metros de ancho. Las obras durarían hasta 1616.

 Plano original de la plaza mayor de Juan Gómez de Mora.

Con el arreglo de un espacio que iba a albergar tanta fiesta, una de las primeras decisiones a tomar fue decidir “quien se sentaría dónde”. Ya antes de la remodelación la plaza también se utilizaba para celebraciones varias y su forma, aunque irregular, también se engalanaba. Exterior de edificios y balcones, especialmente. Pues ventanas y balcones tenían precio. Tasado. Un precio que hubo que revisar con la nueva traza  pues sus balcones y ventanas tenían un tamaño mayor. Si hasta entonces por cada ventana del primer suelo se cobraban dos ducados, uno y medio por el segundo y doce reales por el tercero… estaba claro que había que subir la cuota. A finales del siglo XVI el precio subió a dos ducados y medio para las ventanas del primer suelo; dos ducados para el segundo y ducado y medio para el tercero. La altura contaba. Estos precios en 1607 ya se habían duplicado.

  La Plaza Mayor hacia 1634

La altura marcaba la diferencia. Y así sigue siendo en los teatros o auditorios de hoy. Por tanto, no nos puede extrañar que Felipe III ordenara en 1609 que tanto las ventanas del primero, como las del segundo suelo, se reservaran para “los miembros de la familia real, los ministros y oficiales de sus Consejos, los representantes del reino y de la villa, los embajadores extranjeros residentes en la corte, y para los grandes y titulados que prestaban servicio en las casas reales”. Las que sobrasen tras este primer reparto volvían a manos de sus dueños que podían disponer de ellas, “guardando la tasa”, a su gusto.

  Ornato de la Plaza Mayor con motivo de la entrada de Carlos III en Madrid (Lorenzo Quirós, 1760)

A pesar de tanta norma, había reventa -millonaria, como sigue siendo hoy en día en conciertos o partidos de fútbol– y los vecinos se quejaban de que los alcaldes se quedaban con más ventanas de las que deberían con el perjuicio que eso les suponía. Por ello, en enero de 1616, una disposición de la Sala de Alcaldes trataba de poner coto a los desmanes: “no se pueden tomar, ni tomen ni embarguen más de dos suelos en cada casa”.

Los problemas que daba este reparto llevaron a redactar en 1620 un “Repartimiento de las ventanas de la Plaza Mayor“, que se conserva en el Archivo Histórico Nacional. En este documento se aclara que “los embajadores que podían asistir a los oficios de la Capilla Real” ocuparían las ventanas del primer piso de las casas a la izquierda de la acera de la Panadería; que “la 103 era para el Patriarca de Indias, la 104 para el embajador de Venecia, la 105 para el de Francia, la 106 para el del emperador y la 107 para el nuncio”.

No se puede expresar de forma más protocolaria: pisos y ventanas se otorgaban por los cargos.

Podéis apreciar el reparto de espacios y ventanas en este óleo de Francisco Rizzi que reproduce el acto de fe celebrado en 1680 ante Carlos II y su mujer, María Luisa de Orleans.

Pero no sólo se celebraban actos de fe, tan del gusto de la época. Hay una relación de pisos, cuyas ventanas se ocuparon en diferentes ocasiones, que el alcalde Juan de Aguilera incluye en su escrito para explicar el uso de los mismos ante la queja de los vecinos con las veces y motivo de dicha ocupación:

1597: suelos 1º,2º y 4º para fiestas de toros
1599: los mismos pisos para “fiestas de toros por San Pedro”
1609 debió de ser un año muy especial porque se ocuparon los suelos 1º a 4º para fiestas de toros y cañas de capa y gorra…¡cinco veces!

Juego de cañas durante la fiesta por la boda del príncipe de Gales y la hermana de Felipe IV, que luego no se celebró.  

El asunto, como vemos daba muchos quebraderos de cabeza: embajadores, Consejos, tribunales, secretarios, reino y villa exigían su cuota. La discusión sobre quien debe ocupar un asiento en uno u otro acto, en espacios protocolarizados, en primeras filas … ¡es una constante en el trabajo de todo protocolero! Por eso y para terminar el post vamos a cerrar con un incidente protocolario. ¡Es lo propio!

Lo relata el embajador florentino Giuliano de Médici y lo protagonizó el príncipe Filiberto, en claras desavenencias con los duques de Uceda y del Infantado: ¡cuanto más lejos del monarca, mejor!:

 

 

 

Esta entrada la hemos preparado con ayuda del libro “El Madrid de Velázquez y Calderón. Villa y Corte en el siglo XVII“, de Miguel Morán y Bernardo J. García publicado por el Ayuntamiento de Madrid y la Fundación Caja Madrid con motivo de la exposición organizada por estas entidades en conmemoración del IV centenario de los nacimientos de ambos artistas celebrados durante los años 1999 y 2000.

La cita sobre el incidente protocolario, también es de este libro. Pero, como se indica en la nota 62 al final del texto es de : YURUSHALMI, Y.H.: De la corte española al gueto italiano. Marranismo y jusaísmo en la España del XVII. El caso de Isaac Cardoso, Madrid, Turner, 1989.

Plano original de Juan de Mora: Archivo Histórico de la Villa, Madrid
Óleo de Lorenzo Quirós: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid
Óleo de Francisco Rizzi: Museo del Prado, Madrid
Óleos del Juego de cañas y la perspectiva de 1634: Museo de Historia, Madrid.