Rituales de muerte en la huaca

Rituales de muerte en la huaca

Ya sabéis que estamos en Perú. Y mientras llega el momento de participar en el congreso de protocolo y comunicación, nada mejor que darse una vuelta por el país. ¡Hay mucho que ver! Pero además, hay mucho que aprender sobre ceremonias y rituales de los indígenas y de sus culturas.

Cuando se habla de Perú, la mayoría piensa en los incas. Es lo más conocido. Evidentemente, hay más. Y nosotros nos hemos venido al norte para ver, aprender, disfrutar de la cultura mochica. Aunque sea una pincelada de lo aprendido, hoy vamos a ver un poco -un muy poco- de alguno de los muchos rituales de este pueblo.

Rituales dibujados en las paredes

Los mochicas fueron los indígenas establecidos en el norte de Perú -bastante cerca de Ecuador- en la costa entre la cordillera y el Pacífico y entre los años 200 a 800 d.C. En Europa florecía el imperio Romano. Cerca del Trujillo actual estaba la Ciudad Sagrada, capital y centro de poder de este pueblo. Hoy es un sitio arqueológico que comprende dos huacas -pirámides truncadas- que sirvieron de centro administrativo y de centro ceremonial, respectivamente, y algunos restos de los asentamientos de la población. Estas huacas -del sol y de la luna como las denominaron en un principio- escondían en su paredes unos magníficos murales en los que se cuenta uno de los rituales más tremendos de su cultura: los sacrificios humanos.

Rituales de muerte

Liberadas de las toneladas de adobe con que los mismos moches taparon los murales, en la huaca de la Luna está dibujado el ritual de principio a fin.

Comienza con un combate. Cuerpo a cuerpo entre dos guerreros moches. A golpe de porra, protegiéndose con un escudo, hasta que uno de los dos perdía el tocado. En ese momento pasaba a ser un prisionero y su sangre se le ofrecería al dios Aia-paec, dios creador, para calmar su ira. Desnudos y atados con una soga por el cuello, se llevaban al templo de la huaca y se les preparaba para el sacrificio. ¡No se ofrendaba cualquier cosa!

Al llegar, se les conducía a salas especiales donde se les daba a beber brebajes purificadores -posiblemente a base de alucinógenos o sustancias similares- preparados por las sacerdotisias del templo. Limpios y preparados ya sí eran aptos para que su sangre se le ofreciese al dios. Podían morir por ahogamiento, siendo despeñados rocas abajo -lo que permitía regar con su sangre el suelo en clara alusión a la fertilidad de la tierra- o cortándoles el cuello. De los tres sistemas hay restos y evidencias suficientes. Su sangre, recogida por el sacerdote sacrificador se recogía en una copa, que el sacerdote guerrero ofrecía después a su dios.

La historia no está escrita -no tenían escritura- pero se cuenta y explica con claridad por todo el templo: cubre paredes de pasillos y de los diferentes pisos de la huaca. En colores brillantes –rojo, amarillo, azul, negro y blanco– y a tamaño natural. Los tocados, la indumentaria, las armas, los rostros y las expresiones de guerreros y prisioneros -muchos de ellos impresionan por el detalle-, los animales, las plantas, incluso hasta aspectos tan específicos como “anotar” que la sangre se mantenía líquida con ayuda de determinadas sustancias se reflejan de forma sencilla pero tan clara, que no ni hacen falta las letras.

Son una maravilla y el trabajo de sacarlas a la luz es inmenso. ¡La de rituales y ceremonias que estarán contadas en otras paredes y en otras huacas! Incluso en la del Sol, que aun estando enfrente, no se ha empezado a estudiar y excavar.

Esto es sólo un pequeño detalle de lo mucho que hemos estado aprendiendo y viendo. ¡Qué ganas tenemos ya de sentarnos a leer y preparar otras entradas sobre los rituales mochicas y chimús, porque también sobre esta cultura posterior hemos estado viendo muchos, muchos rituales y ceremonias¡ ¡Llevamos las maletas llenas de libros!

Habrá más.

 

(Fotos: propias)