Las ordenanzas municipales: un compendio de urbanidad

Las ordenanzas municipales: un compendio de urbanidad

Cuando hablamos de urbanidad solemos referirnos a esas normas de educación que parecen haber quedado obsoletas con el paso del tiempo y que ya no se estilan. Hay mucha gente que las identifica con ceder el paso a las mujeres o el asiento en el metro, quitarse el sombrero para saludar y poco más. ¡Cosas de esas de antes de cuando los hombres llevaban sombrero y las mujeres no eran sus iguales! Pocos reconocen que son normas de convivencia que nos hemos ido dando según evolucionábamos como seres humanos y según avanzaban los modelos y las formas de la sociedad en la que nos movemos.  Por eso, algunas parecen haberse quedado fuera de juego, como es el caso del sombrero, y se han adoptado otras acordes con nuestros tiempos. Como es el caso de la netiqueta.

A los niños se les enseñaba estas normas de convivencia y urbanidad en su casa, principalmente, y se cumplían allá donde se iba o se estaba: en el colegio, en la iglesia, en familia, en sociedad… Y se suponía que si de niño se aprenden, se dominaban de adulto. Pero, como de convivencia se trata, no sólo hablamos de saludar a la abuela, sentarse erguido a la mesa o salir aseado. Vamos un poco más allá. Convivir con nuestros vecinos -los de las casas y las calles- requiere también de una norma. Si no existen los manuales de convivencia vecinal, ¿dónde está escrito cuál debe ser nuestro comportamiento cívico frente a aquellos con los que compartimos espacios públicos?

Nosotros hemos encontrado un montón de estas normas de convivencia en las ordenanzas municipales. Si. Puede sonar raro y tampoco es fácil caer en ello. Pero lo cierto es que, puestos sobre la pista por pura casualidad, descubrirlas en las páginas de las del pueblo de Águilas (Murcia), ha sido muy sencillo. Leíamos en Twitter, allá por febrero, detalles sobre el carnaval que se celebra en este lugar. Se mencionaban las reglas a cumplir para que los festejos transcurrieran sin incidentes y se recordaba que ya estaban recogidas en las ordenanzas de 1886. Allí estaba la frase que nos puso sobre aviso:

“En los días de fiestas públicas deberán los vecinos cumplir con mayor celo que en los demás lo prescrito en estas Ordenanzas, respecto de la limpieza de calles y aceras“.

Es el artículo 36 y el primero de la sección Fiestas Populares. ¿Cómo resistirnos a bucear en unas ordenanzas que, si bien en su mayoría afectan a aspectos menos cívicos -concesión de licencias, edificación de casas, vallados de terrenos, etc.- que el detalle de mantener limpias las calles, parecen reflejar en su articulado normas de urbanidad? Imposible. Así pues, nos lanzamos a buscar la fuente y este es el resultado de nuestras pesquisas.

   Águilas en 1890

Ordenanzas y policía local

Para empezar, parece ser que el incumplimiento debía estar a la orden del día. Al menos a eso suena la advertencia de la primera página. El ayuntamiento contaba con unas normas aprobadas en pleno en 1887 que se modificaron -no sabemos si mucho o poco- para “su aprobación en el Gobierno Civil de Murcia” en sesión del 21 de octubre de 1886. Pero aun así leemos que “habiendo desaparecido tradicionales hábitos urbanos” recogidos en  las ordenanzas municipales de la policía local (las de 1886) la comisión gestora que regía el ayuntamiento se veía en la obligación de promoverlas y someterlas “a su obediencia y observancia” como “derecho frente a los vecinos”. Si no era por convicción, al menos que se entendieran como un derecho.  Para conseguir este objetivo de darlas a conocer, el ayuntamiento se comprometía a imprimir “500 ejemplares  a tamaño de octavo” para que fueran “portables” y pudiesen llevarlos en el bolsillo tanto los agentes como los lugareños para resolver posibles dudas. Repartida la tirada, los ejemplares restantes se ponían a la venta al “costo de su impresión”. Enterados de la existencia de estas ordenanzas ya no cabría disculpa. Todos los habitantes y “las personas que se hallaran accidentalmente” en la villa estaban “obligadas a prestar obediencia bajo pena”.

Ordenanzas por “partidas”

Las normas están ordenadas por capítulos. El primero de ellos se refiere al orden público. Son los artículos sobre la concesión de licencias. Por establecimientos: Fondas, Posadas y Casas de Huéspedes; Cafés, Billares, Botillerías, Tabernas, Bodegones; Ferias, Mercados y Plazas; Espectáculos y Diversiones Públicas

¿Qué se pedía para conceder la requerida licencia de apertura? Por ejemplo, “en los paradores, posadas o mesones con cuadras” los propietarios debían “extraer semanalmente los excrementos”. A los dueños de fondas, posadas o casas de huéspedes, se les hacía responsables de su clientela y por tanto no debían “permitir (la entrada) a individuos conocidamente vagabundos, desertores y mujeres públicas”. A los propietarios de cafés, tabernas, billares y demás establecimientos de este tipo, de denegar el acceso a “personas notablemente embriagadas” y el deber de “dar parte si se produce algún desviven”. Y pensando en la salud de los clientes, las bebidas no podían adulterarse ni servirse en “vasijas de cobre, plomo o cinc”.

  Mercado en las calles de Águilas en 1904

Los domingos -y días festivos- eran días de mercado. La licencia permitía la venta en la vía pública “desde primera hora de la mañana a la una de la tarde, salvo Jueves y Viernes Santo”. Para permitir el paso y la vida en la calle -Águilas está en el límite de las provincias de Murcia y Almería y hace mucho calor en verano-, sólo se autorizaba el montaje en la Plaza de Abastos y en las calles adyacentes. Los carros con las mercancías se estacionaban en ellas lo que se tardaba en llevar a cabo la descarga. Después había que retirarlos. Ocupar la vía pública para montar el tenderete tenía un precio: 18 céntimos por 2 metros lineales de frente; 5 céntimos, si sólo se ocupaba 1 metro. Y han de mantenerse limpios. Por tanto, no se permiten “hogares o fuegos”, solo “faroles o linternas que cierren perfectamente”.

Se llega aun mucho más allá. La limpieza es importante para la buena imagen del pueblo. Se regula la forma en que se exhiben pescados y mariscos -“sobre piedra, madera o vasija de barro”-; la “venta de frutas y legumbres sólo se permite en la Plaza de Abastos”; los panaderos no podrán “blanquear el pan” y deberán firmarlo, al menos “con sus iniciales” y, como trabajan de noche, “abstenerse de gritos o canciones que perturben la tranquilidad o molesten a los vecinos”; los carniceros, además de “dar aviso de donde tienen las reses para que se puedan inspeccionar”, deben presentar la carne en “tabla limpia” y encalar las paredes del establecimiento al menos dos veces al año. Hay más. Normas para todos: bebidas, confiteros, farmacéuticos, facultativos, droguistas, palomares…. Es extenso y prolijo.

Ordenanzas para espectáculos y fiestas

Si cuidar la limpieza de la comida y con ello la salud de los aguileños era importante, tampoco se queda atrás lo de velar por su salud cultural. Empecemos por el teatro. Al establecimiento no se podía acceder “con perros y otros animales”, ni tampoco “embriagado o portando armas -salvo los militares y los guardias-“. Una vez ocupada la butaca había que permanecer descubiertos mientras el telón estuviese levantado, “cuidando mucho de no hacer ruido y de guardar la compostura y buenas formas sociales, propias de un pueblo culto”. “No se dan gritos, no se habla en voz alta, no se fuma en el salón”. Estas mismas reglas son de aplicación en otro tipo de espectáculos como “corridas de toros, conciertos, gimnastas, músicos ambulantes, circos, bailes públicos…” Para todos ellos había que pedir licencia. Distintos precios según el tiempo en que iban a durar: temporada o meses. A los “titiriteros, volatineros, gimnastas, músicos ambulantes y otros análogos“, sólo se les exigía “1 peseta y sólo una vez”.

Ordenanzas para fiestas populares y religiosas

Una cosa son los espectáculos y otra las fiestas tradicionales. Por tanto, se regulan aparte y, como ya hemos comentado, “deberán los vecinos cumplir con mayor celo que en los demás lo prescrito en estas Ordenanzas”. Al ser de tanta importancia, el ayuntamiento daba a conocer por medio de un bando especial la “iluminación y festejos que (…) acordare” para conocimiento de todos y se dictaban las normas a cumplir. En Carnaval, por ejemplo, se prohibían las caretas, máscaras y  disfraces después de la puesta del sol. Y tampoco se permitían “trajes que imiten la magistratura, los hábitos religiosos, los militares, o los uniformes designados a las clases oficiales”. Por supuesto, los enmascarados no “podían llevar armas, así como tampoco campanas, trompetas, cencerros, tambores u otros instrumentos que molesten al vecindario”.

Durante las fiestas religiosas se respetará “la costumbre inmemorial” de no permitir la circulación “por las calles (de) coches ni carruajes, desde que se hayan celebrado los oficios de Jueves Santo hasta el toque de Gloria del sábado”. A los vecinos se les solicita que tengan las “calles barridas y regadas” una hora antes de que pase la procesión por ellas. Son responsables también de engalanar los balcones con “tapices y colgaduras”. Y no se permite el toque de campanas si hay tormentas…¡”como la ciencia y la experiencia tiene demostrados”! Cosas de la electricidad..

Unas ordenanzas que cuidan muchos detalles

Entre los siguientes capítulos destacamos aquellos en los que los artículos se refieren a normas de convivencia, pues, como ya hemos comentado, las ordenanzas son muy completas. ¿Se habla de ruidos? Si. Los artículos 51 a 57. No se permiten “bajo ningún pretexto” las “asonadas o reuniones tumultuosas en la vía pública”, así como “toda reunión pública o secreta contraria al orden y a la moral”, y evidentemente, nada de “disparos con armas, cantos, voces subversivas”. Y si uno es músico, y quiere dar una serenata a la novia, tiene que pedir “permiso a la autoridad”.

Los mendigos no se libran. No es que no los acepten en sus calles, pero “para implorar caridad pública” hay que solicitar licencia. Incluso los mendigos forasteros: éstos, por el tiempo que vayan a pasar en la villa. Y si no la tienen….¡a la cárcel!

La prostitución tiene su propio artículo: se “prohíbe enérgicamente que las mujeres públicas causen escándalos de ninguna clase con palabras o acciones en calles y sitios públicos y que provoquen a los transeúntes”.

“Como la importancia de esta población va haciendo indispensable el establecimiento de columnas mingitorias o retretes, la autoridad atenderá lo antes posible esta necesidad”, leemos en las ordenanzas dentro del apartado dedicado a los urinarios -artículos 169 a 171-. Pero mientras llegan las columnas, “queda terminantemente prohibido hacer aguas en sitio alguno de la vía pública”. “Todo el que fuera sorprendido por la autoridad en el acto de hacer aguas en las calles, esquinas, aceras…” pagará una multa. ¡2 pesetas y 50 céntimos! En las casas de nueva construcción había que tener “retretes o excusados perfectamente ventilados” y estaba prohibido “arrojar aguas sucias a los patios”. Para eso estaban los sumideros.

El asunto de las aguas es de enjundia. Se regula la limpieza de excusados, letrinas y sumideros: exige autorización y está sometida a horario. De noche entre las 12 y las 6 en el tiempo que va desde el 1 de octubre al 31 de marzo; de 12 a 3 de la mañana, del 1 de abril al 30 de septiembre. Los carros que transportan “materias fecales” han de estar “perfectamente cerrados” y llevar un farol que los identifique. También se colocará “un segundo en la puerta de la casa donde se haga la operación” de limpieza.

  Lavadero

De los lavaderos públicos te echaban si escandalizabas, si lavabas algo distinto de ropa y si lo hacías con “ingredientes inapropiados”. Y si “todas las piedras de lavar están ocupadas” había que hacer cola y esperar turno. A las fuentes públicas se va a por agua: allí no se lavan “lienzos, legumbres o cualesquiera otros efectos”. Si pillaban a algún aguador llevando agua que no fuera “de las fuentes públicas o caños al uso de las personas” le retiraban del cargo. Y aguadores eran aquellas “personas provistas de la oportuna autorización para ejercer el oficio”. Para los animales estaban los abrevaderos. En ellos tampoco estaba permitido “lavar ropa y arrojar sustancias que ensucien el agua y puedan perjudicar a los animales”.

 Caño del Oro en 1904

En fin, son más de 220 artículos que dan para un estudio completo. Nosotros, que andamos enredados todo el día con la educación social, la urbanidad y las buenas formas,  nos hemos querido fijar en aquellos que persiguen la mejor convivencia posible entre vecinos. Son la base de una buena relación vecinal. No obstaculizar la vía pública por el trabajo de cada uno; no molestarse en los actos sociales; convivir con limpieza y por el bien común. Disfrutar de la compañía. Por todos, para todos y por el pueblo. Hasta en el más mínimo detalle:

Macetas y jaulas de pájaros..  “…en la parte interior de balcones o ventanas y ajustados“.

Estas ordenanzas son un un maravilloso ejemplo de convivencia, urbanidad y educación. ¡Admirable!

No podemos acabar el artículo sin mencionar a las dos personas que nos han ayudado a escribirlo:  Paco Escámez, que no sólo fue el que mencionó las ordenanzas, sino quien nos dijo dónde consultarlas. Y a Pepi Navarro, archivera del ayuntamiento de Águilas. Ella nos puso el “ejemplar de tamaño de octavo” y portada color salmón en las manos. Sin ellos ni nos habríamos enterado de la existencia de esta joya.

(Todas las fotos son del Album Historia Fotográfica de Águilas de “Reporter Foto”)